Como sabemos, el laberinto es una construcción hecha especialmente para que quien se adentre en ella se pierda. Y por lo tanto, una vez adentro, no se puede salir. En consecuencia, nunca nadie del exterior sabrá lo que allí aguarda, porque nadie ha salido para contarlo.
Esto, de alguna manera, es a lo que se enfrenta Francisco Laprida el día que va a morir. Porque ¿ No esta próximo a algo que desconoce y que nadie jamás pudo describirle? ¿No es probable que su estancia allí no tenga fin? Y es por eso que en este sentido, creo que el laberinto es la metáfora más acertada que usa Borges para hablar de la muerte.
Y basada en esta frase de Borges surge mi segunda interpretación sobre la función de la figura del laberinto dentro del poema conjetural. Porque si los múltiples pasos que damos durante nuestra vida, son tantos, que ni el mismísimo Francisco de Laprida llega a recordar alguno en particular, sino que los recuerda como una masa uniforme, entonces esa multiplicidad, ese laberinto que fue su vida, no es mas que un cero. Por lo tanto, en el poema, el laberinto es también una metáfora de la vida. Una metáfora que dice que la vida es lo menos importante de todo, que lo que es verdaderamente trascendental y significativo es la muerte. Que el resto, la vida, son simples jugadas, simples pasos que nos llevan a ella. Que la muerte es nuestro destino y lo otro no interesa.
Tema aparte: buscando laberinto en el diccionario de
Arte Poética
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y saber que los rostros pasan como el agua.
Que sueña no soñar y que la muerte
Que teme nuestra carne es esa muerte
De cada noche, que se llama sueño.
De los días del hombre y de sus años,
Convertir el ultraje de los años
En una música, un rumor y un símbolo.
Un triste oro, tal es la poesía
Que es inmortal y pobre. La poesía
Vuelve como la aurora y el ocaso.
Nos mira desde el fondo de un espejo;
El arte debe ser como ese espejo
Que nos revela nuestra propia cara.
Lloró de amor al divisar su Itaca
Verde y humilde. El arte es esa Itaca
De verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable
Que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
Y es otro, como el río interminable.
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