miércoles, 27 de junio de 2007

LABERINTO

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro
que tercamente se bifurca en otro
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como un juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera

domingo, 24 de junio de 2007

El abismo

El abismo es aquello que abarca todo –si, todo-. Es la no-representación, el no-encuadre, la no-abstracción. Y como tal es un absurdo irrealizable, pero fantástico.
El Aleph, la memoria de Funes y el mapa del gran imperio, son algunos de los textos que abordan el tema del abismo.
Beatriz Sarlo dice "Entiendo a "Funes el memorioso" como puesta en escena ficcional de lo que sucede cuando la memoria está esclavizada por la experiencia directa. Funes puede recordar infinitamente pero es incapaz de pensar: Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos". (...)
"El destino de Irineo Funes (...) es quedar preso de la materia de su experiencia. Encerrado en un mundo donde no hay categorías sino percepciones, Funes puede proponerse sólo tareas imposibles: las del arte clasificatorio, muchas veces ironizadas por Borges."
Lo mismo sucede en el caso del mapa del Gran Imperio, porque, ¿Qué función podría cumplir el mapa de un país tan grande como el mismo paìs? Los cartógrafos del imperio quedan esclavizados en la intención de hacer el mapa más detallado posible, y no ven que esto deriva de la incapacidad de representar al imperio, de abstraerlo.
Por su parte, el Aleph es lo que yo definiría como un no-encuadre, es la superposición espacial y temporal de todos los puntos del universo en uno solo. "El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo."

Del Rigor de la Ciencia

miércoles, 20 de junio de 2007

El Laberinto

Como sabemos, el laberinto es una construcción hecha especialmente para que quien se adentre en ella se pierda. Y por lo tanto, una vez adentro, no se puede salir. En consecuencia, nunca nadie del exterior sabrá lo que allí aguarda, porque nadie ha salido para contarlo.

Esto, de alguna manera, es a lo que se enfrenta Francisco Laprida el día que va a morir. Porque ¿ No esta próximo a algo que desconoce y que nadie jamás pudo describirle? ¿No es probable que su estancia allí no tenga fin? Y es por eso que en este sentido, creo que el laberinto es la metáfora más acertada que usa Borges para hablar de la muerte.

Borges una vez dijo: "El infinito y el cero se parecen", tal apreciación surgió de una anécdota sobre una vez que intentó buscar a sus parientes en un directorio telefónico en el que había tantas personas que se apellidaban Borges que no pudo encontrarlos.

Y basada en esta frase de Borges surge mi segunda interpretación sobre la función de la figura del laberinto dentro del poema conjetural. Porque si los múltiples pasos que damos durante nuestra vida, son tantos, que ni el mismísimo Francisco de Laprida llega a recordar alguno en particular, sino que los recuerda como una masa uniforme, entonces esa multiplicidad, ese laberinto que fue su vida, no es mas que un cero. Por lo tanto, en el poema, el laberinto es también una metáfora de la vida. Una metáfora que dice que la vida es lo menos importante de todo, que lo que es verdaderamente trascendental y significativo es la muerte. Que el resto, la vida, son simples jugadas, simples pasos que nos llevan a ella. Que la muerte es nuestro destino y lo otro no interesa.

Tema aparte: buscando laberinto en el diccionario de La Real Academia Española me encuentro con esto: 3. m. Composición poética hecha de manera que los versos puedan leerse al derecho y al revés y de otras maneras sin que dejen de formar cadencia y sentido. Y me acorde de este poema, que no es así pero tampoco esta tan alejado, y que casualmente retoma el tema de la vida y la muerte, y el paso del tiempo:

Arte Poética

Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y saber que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
Que sueña no soñar y que la muerte
Que teme nuestra carne es esa muerte
De cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
De los días del hombre y de sus años,
Convertir el ultraje de los años
En una música, un rumor y un símbolo.

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
Un triste oro, tal es la poesía
Que es inmortal y pobre. La poesía
Vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
Nos mira desde el fondo de un espejo;
El arte debe ser como ese espejo
Que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
Lloró de amor al divisar su Itaca
Verde y humilde. El arte es esa Itaca
De verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
Que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
Y es otro, como el río interminable.

POEMA CONJETURAL

El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

jueves, 14 de junio de 2007

El Sur

La oposición civilización/barbarie

Beatriz Sarlo, en su Borges, un escritor en las orillas dice: "Borges dibujó uno de los paradigmas de la literatura argentina: una literatura construida, como la nación misma, en el cruce de la cultura europea con la inflexión rioplatense del castellano en el escenario de un país marginal."

Esta dicotomía no solo esta presente en su obra y en su ser como escritor latinoamericano, sino también en su propia vida. Por eso elijo para estudiarla, la obra que Borges consideró y enunció como la más autobiográfica de todas ellas: el cuento El Sur.

Para empezar, Borges, al igual que Juan Dalhman, desciende de dos orígenes distintos. Y Dahlmann es además, un oscuro bibliotecario, como lo fue Borges en los años 40, cuando escribe este cuento.

"El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica."

También como Borges, Dahlmann aprecia los viejos libros y las ediciones raras.

"Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre."

Pero lo mas autobiográfico, sea quizás que este accidente que se narra coincide con uno que el escritor tuvo en la vigilia de la Nochebuena del año1938, y por el que estuvo internado y "por morir", según dijo él mismo.

El cuento continúa y nos dice que la herida es profunda, y que la infección hunde a Dahlmann en la fiebre y el delirio pero que finalmente, después de varios días de inconciencia, los médicos lo declaran fuera de peligro. En este punto el relato gira, se desdobla y dice: A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”. A partir de aquí lo que el lector puede interpretar sobre lo que sucede oscila entre un probable delirio de Dahlmann -que se encontraría aún en la clínica pero soñando con un viaje en la estancia- o la real escisión de un personaje en dos -la versión que yo prefiero- es decir de un Dalhmann en dos, de un Borges en dos.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres”

La escisión del personaje de Dahlmann se da conforme a la oposición que planteo: Dahlmann es un intelectual, un hombre de cultura, un civilizado pero también es un hombre del sur, un gaucho, un bárbaro.

“Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.”